sábado, 29 de septiembre de 2007

Somos lo que decidimos


No tenía mucho mérito dejar todo lo bueno de mi mundo aquí. Mi sangre esta hecha de la sangre de dos familias de guerreros, de poetas, de aventureros…
Sólo seguí el instinto de las raíces, no puse nada de mi parte.
Sí fue duro, es cierto, pero yo ya sabía que no eran unas vacaciones.
Tampoco andaba buscando llenar ningún vacío espiritual, de eso ya me intento ocuparme aquí. Además, esos vacíos no se llenan escapando de los bares ni las tiendas de ropa, ya sé. Se llenan trabajando duro, no importa desde qué lugar del planeta. En ese sentido no creo haber avanzado nada, por cierto.
No soy una una sacrificada, hace ya tiempo que ayudo, en la medida de lo posible y a mi manera, a que el mundo sea un poquito mejor. Y pronto el trabajo me llevaré a otro continente a hacer otro poquito más.


Dicen que los resultados de los viajes, surgen transcurrido un tiempo. De acuerdo, doy ese margen para las conclusiones.
Hoy, sólo unos días después, el balance no es positivo.
Sólo dos certezas hay, de momento, en el fondo del saco que se habrá llenado cuando mire atrás.
Hoy sólo sé que la familia y los amigos siguen siendo lo más importante en mi vida y que los viajes no sirven para olvidar.

He vuelto a sentir el abrazo de mi madre, he vuelto a pasear por mi Raval querido.
Reaparecieron los amigos, mejores que antes, aún más amorosos, más entregados.
Resurgieron los amantes, dormidos durante una estación.
Volvieron los vinos, el agua caliente, volvió el piano y la electricidad.

Y nació la necesidad de cuidarme de una maldita vez. De no distraerme más ocupándome de sólo de los que tenía cerca para no darme cuenta de que el trabajo más duro seguía pendiente, al final de la lista.

Mis cinco objetivos al volver de Birmania los alcancé todos, en un tiempo record.
Ahora tengo un invierno para otros cinco.
Deseadme suerte.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Mi otra mitad


Durante el tiempo de espera en Madrid me leo Las pequeñas memorias, de José Saramago.
Un vuelo más y aparezco por fin en Barcelona.

Mi padre estaba apoyado en una barandilla con sus grandes ojos azules y una sonrisa marca de la casa.
- ¿Qué quieres hacer, hija?
- Llévame al Raval
No sentamos en una terraza, yo miraba hacia todos lados mientras hablaba atropelladamente.
- Me encanta tu barrio- dijo él.

Hace frío. Qué extraño se siente el frío viniendo del trópico.
Después de un carajillo de Baileys y una breve conversación pagamos una cuenta terrible y nos metimos de nuevo en el coche.
Subimos por paseo de Gracia, sin baches, sin barro, sin tormenta, sólo el olor a cuero nuevo de la tapicería y luces, y gente guapa con cara de tener mucho dinero y ningún problema importante.

- Te he traído un paquete- le dijo mi padre a mi madre distraídamente
Y entonces ella me vio, gritó y lloró.

Aún no he entendido por qué esta vez mi madre me ha extrañado tanto. He hecho viajes más largos, más lejos. He vivido en otros países, he pasado meses sin hablar con ella. Pero esta vez sentí su alegría al verme como nunca antes.

Charlamos un poco, les di sus regalos y me fui.

Al llegar a casa, mis pequeños lujos me esperaban cubiertos con plásticos. Miré hacia mi adorado amplificador Harman Kardon y caí en la tentación de escuchar Facto Delafé asumiendo los riesgos y las consecuencias.

“Que sí que sí que bien
Que me encanta escucharte
Adoro sentirte, verte moverte y sorprenderte de pronto
haciéndote cosquillas en las rodillas
Hoy luce el sol en mi corazón
Mi niña, mi amor, mi rayo de luz
El camino que lleva a tu casa es mi alegría
Los días tranquilos transcurren serenos
Tus pasos los míos peinando el sendero
¿Quien dijo que los muertos no iban a resucitar? Hoy llego mas puro que el agua mineral
Tu cara, tu casa, tus ojos sonriendo, mi cara La brisa, la mañana, el sol por la ventana
La calma, caricias, tu respiración las nubes en el cielo y pasa un avión
dibuja una línea blanca algodón, tu almohada, tus ojos, tu mirada, estoy en tu casa, adoro tu casa
Cambio de color pasa un avión traza una línea ahora de plata de plata la medalla del subcampeón
Hoy gano tu ganas ganamos los dos
Hoy gano tu ganas ganamos los dos
Hoy gano tu ganas ganamos los dos
Esto no se para
Esto no se para
Esto no se para
Esto no se para
Esto no se para…”

Enciendo el ordenador y leo mi correo. En la carpeta de “Mails a Nicaragua” hay 616 correos vuestros, mi alimento más nutritivo estando lejos. Gracias por cada una de vuestras palabras.

Es de noche, escribo, en silencio.

Voy a ducharme, por fin.
Abrí el grifo de la ducha y las tuberías, durante este tiempo adormecidas, recibieron la petición con un redoble de tambores.
Y entonces salió agua caliente.
La recibí casi como una bendición mitológica y la dejé caer largo rato sobre mi cuerpo, mientras pensaba en mis niñas de San Carlos, en el calor, en la falta de agua y de luz, en la tierra mojada, en los volcanes de Nicaragua...

Al salir del baño, la casa se fue llenando de olor a almizcle y, de las paredes de colores, empezaron a brotar los recuerdos.
26/09/07

A mi abuela, a los Selva, a los Gener, a mi tierra olvidada, a la otra que nunca olvido, a los amigos de siempre, a los nuevos, a los de Petaluma. A la nostalgia.


Un ratoncito.

martes, 25 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Please, do not leave baggage unattended


Después del primer vuelo del día, aterrizo en Costa Rica. Por todas partes tiendas de café… y libros. Obedezco el consejo de Txomin y compro uno de Isabel Allende, a la que siempre había dejado de lado simplemente por ser tan famosa.

He llamado a mi madre fingiendo estar aún en Nicaragua, no tiene ni idea de que regreso tan pronto.
- Mi niña, te extraño, nunca he vuelto a la estrella desde que te fuiste.

La estrella es el mosaico que hay en el suelo del subterráneo de Plaza Cataluña, donde se unen el metro y los ferrocarriles. Siempre quedamos allí. Ella llega siempre unos minutos antes de la hora acordada y, al llegar yo, la veo absorta, escuchando a los músicos, sean los que sean, no importa el estilo. Mi madre les aplaude y les sonríe fascinada. Cuando me acerco y le saludo dice:
- ¿Escuchaste? Qué lindo tocan, ¿verdad?

Paseo por el aeropuerto. Después de haber estado en el de Bangkok, todos me parecen ridículos.
De repente, chas! Bar de fumadores. Creí que ya no existían, “voy a tomarme un capuccino”, pensé.
Bajé unas escaleras que llevaban a un sótano inmundo, abrí una puerta de cristal oscuro y entré en el bar de los gremlins. El antro estaba lleno de humo y tenía un aspecto más sórdido que el de los peores after que había visitado en mi antigua vida descarriada. Las luces eran de neón azul, no había ventanas y la música, terrible, sonaba demasiado alta. Absolutamente todos lo que allí estaban, fumando, uno tras otro, montones de cigarrillos, bebían alcohol, y las pocas mujeres que había, parecían prostitutas.
Salí de allí horrorizada, ya fumaría en casa.

En los otros bares, parejas de españoles de vuelta de su viaje de luna de miel disfrazados de intrépidos expedicionarios.

De repente miré a mi derecha y… mi mochila! me la han robado!
Me sentí desnuda, idiota y triste a la vez. Sólo una vez me había ocurrido algo así antes, hace sólo unos meses, cuando me robaron mi bicicleta en la puerta de casa. Sólo era un hierro feo que ni siquiera me había costado dinero, fue una herencia. Pero yo pasaba por complicado momento de lucha y frustración y esa bicicleta era entonces lo más sólido de mi vida. Recuerdo que me sentí intensamente desgraciada.
Ahora, en ese aeropuerto, alejada de mis dos mundos, sentí algo parecido.

- Esto es tuyo, ¿verdad? Te lo dejaste en la librería
Un chico moreno, sonriente y gay como si no hubiera mañana, me restituía con un dulce pestañeo la mochila y mi confianza en la bondad humana.
Le agradecí el gesto y conversé con él. Curiosamente ambos tomaríamos el mismo vuelo a Madrid y como había asientos libres, nos sentamos juntos.
Aldemar tenía una conversación alegre, chistosa y muy femenina, fue un rato divertido. Sus gestos eran más dulces que los míos y tenía una mirada muy pícara.
Después de la típica charla de viajes, países y comida le pregunté:
- ¿Y a qué te dedicas?- pensando que contestaría “peluquero” o “diseñador”
- Soy cura. Dominico.
“Hay que joderse”, pensé. Pero en seguida me froté las manos viendo la oportunidad de una interesante discusión sobre religión.

Y así transcurrió el vuelo, lanzándole yo flechas en llamas que él apagaba con una sonrisa y una presumida sacudida de cabeza.

Siempre tengo suerte con la gente que conozco en los aviones. Excepto en el vuelo a Atlanta, hace cuatro años, en el que me senté con el clon de Ignatius J. Reilly de La Conjura de los Necios y pasé 10 horas aguantando un mortal ataque de aerofagia.
25/09/07

lunes, 24 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Cuatro botes de Relec más tarde...


Dejé en San Carlos toda mi ropa de batalla (la bonita siempre estuvo en Managua). Le di todo a Scarlet y las niñas: toallas, sábanas, ropa, cepillos de pelo…
Siempre viajo con cosas viejitas que casi no utilizo, las uso hasta reventarlas en mis destinos de aventura y las regalo antes de irme. “Así volveré más liviana”, pienso, pero al final los regalos ocupan más espacio del que llené al preparar la maleta.
Esta vez casi no puedo ni cerrarla.

He pasado toda la mañana con mi abuela.
- Voy a escribir una carta para que le des a tu madre- dijo
Y yo me quedé frente a ella, viendo como escribía con una letra minúscula que el peso de los años hacía inclinarse hacia abajo y unas lágrimas sin consuelo le surcaban las arrugas de su piel anciana.
Y por varios minutos recordé mi infancia en su finca de Masaya, recordé los perros y la inmensa familia y los árboles altos y las grandes frutas, y me di cuenta de que ella perdió todo aquello en una guerra que le dejó poco más que ese orgullo indio que la mantiene en pie.
Y me di cuenta de que yo no sé qué es perder.

Ese mediodía no conseguí comer.
Recogí mis maletas y esperé al chofer.
Me despedí de los monos – mis sobrinos- de mi tía y de mis primas. Recordé el momento, hace unos meses, en que vi por primera vez a Alejandra y las dos nos miramos examinándonos y reconocimos, curiosas, que nos parecíamos, aunque en distintos tonos.
Alejandra, Alita, no está triste. En sólo tres semanas volará a mi ciudad que yo convertiré en la suya y la cuidaré tanto como mi familia me ha cuidado a mí.

Por fin me acerqué a mi abuela, que no conseguía siquiera mirarme a la cara y me dijo:
- Pediré a Dios por vos, mi amor.
Y yo se lo agradecí de corazón, porque pedirle a ése, su dios, aunque no sea el mío, era lo más grande que ella creía que podía hacer por mí y lo valoré como el regalo más inmenso que alguien pudiera entregarme.

Mi tío apareció entonces, le arrancó la maleta de la mano al chofer y me dijo: yo la llevo, súbase al auto.

Por el camino vi de nuevo a los mendigos, el tráfico loco que ya no me altera y escuché la radio de los bomberos mientras erguía la cabeza pensando que había saldado cuentas con la sangre.
En el aeropuerto mi tío me abrazó brevemente, sin pena, sino con una sonrisa de aprobación y me despidió después con la mano, mientras yo me saltaba la cola del pago de impuestos, con mi carnet de cooperante en la mano.

Pd: Hace cuatro meses Euge, Pato y yo vivimos una aventura en Asia. Parece que Birmania ahora despierta. Un saludo a Santea, Neymo, Stephen, Mr. Robin y toda la gente de ese maravillosos país oculto.
http://www.elpais.com/articulo/internacional/monjes/vuelven/desafiar/Junta/Militar/birmana/elpepuint/20070925elpepuint_9/Tes 24/09/07

domingo, 23 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Los Selva


Las mañanas de domingo en casa de los Selva Arnold son aburguesadamente tranquilas. Las palomas se arrullan en los palos de mango, las criadas preparan el desayuno y lavan ropa a mano, el periódico salta la verja del jardín y, uno a uno, los miembros de la familia nos levantamos perezosamente.
Yo soy la primera que se sienta a la mesa y la última que se levanta. Voy leyendo las partes del periódico que circulan en silencio, montando un puzzle de actualidad de este país caótico entre pancakes, zumo y café.

Septiembre termina, a estas alturas estaría, normalmente, escapando de Barcelona y las fiestas de la Mercé; entre Ibiza y Formentera, entre el descarrío y el paraíso. Este año ni una cosa ni la otra. Por un minuto he tenido la sensación de que me habían robado un verano: las vacaciones, las claritas y las fiestas en la playa, las terrazas en las cálidas noches del Raval… Nada de eso existió el verano de 2007.

Para no atarme demasiado estrecho el corsé de la nostalgia que tan a menudo me altera la respiración, me fui de compras con mi prima. Cuatro libros más para mí y uno para un gran amigo…
Me compré también los cd de Perrozompopo, hay cosas que no deben bajarse de Internet…

Paseamos por el mercado de artesanía: madera, cuero, guayaberas, cotonas bordadas, hamacas y pendientes de coco. Las vendedoras te asaltan amablemente: “¿que necesitás mi amor?” Compré pinolillo, dulces de cajeta y rosquillas somonteñas. Todo lo que comía de pequeñita. Esta vez la hija se lo dará a la madre, y no al revés.

Al volver a casa nos sentamos a conversar con un ron en la mano, haciendo planes para la cena. Yo cocinaré para todos.

Allí donde voy me ofrezco para cocinar. Todos dicen que se me da bastante bien, pero la realidad es que siempre cocino para gente que quiero y ellos nunca serán objetivos en sus juicios. La conciencia me obliga a reconocer que lo hago en parte como agradecimiento “te estoy ocupando la casa, déjame que haga algo por ti a cambio”.
La cuestión es que esta noche me quedó divino, qué leches. Allí estábamos todos, disfrutando de mis platos estrella, brindando con vino chileno y riendo cuando yo, en plena carcajada, rompí a sollozar. Detrás fue mi prima Au, y mi tía, y todos me gritaron que me callara, intentando evitar el desastre y, de repente, todos nos estábamos gritando, “pará, carajo!”, “pará vos!” y golpeándonos en los hombros, nerviosos, mientras los niños nos miraban pensando en lo ridículos que se nos veía.
Nos esforzamos en darle un giro rápido al ambiente y volvimos a reír, esa es la auténtica imagen de los Selva, la carcajada y el trago.

Más tarde me llevé de puntillas la tristeza a la cama, la trasladé escondida como contrabando y me dormí tarde, muy tarde.
23/09/07

sábado, 22 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Doctor Livingstone, supongo.


Anoche, al llegar a casa, todas las mujeres de la familia Barrios incluida la abuela y una tía de los Chiles con sus hijas me esperaban en una pequeña fiesta sorpresa, con su humilde comida, pero en sus mejores platos, con más luces encendidas de las necesarias y con música. Scarlet hasta se había maquillado para la ocasión. Las niñas llevaban ropita limpia y clips en el pelo y bebimos Toña…
Al final de la velada, cuando quise ir a acostarme, empezaron a darme un regalo cada una: libros. “Sabemos que es lo que más te gusta, a vos” y yo no quería ni pensar en el esfuerzo que les debería haber supuesto eso y Francesca miraba al suelo enfadada porque yo me iba a ir y, bueno, no sigo porque me voy a electrocutar si continúo llorando sobre el portátil.

Esta mañana me ha despertado el sonido de los mangos cayendo sobre el tejado de zinc y el de los zanates saltando sobre cada ondulación como señoritas apresuradas con tacones altos.

En mi último vuelo de San Carlos a Managua me deleito con el paisaje que dejo atrás. El lago Cocibolca con sus islas como setas verdes, aparecía como el pequeño mar del pequeño mundo que estos meses me tuvo tan absorbida y me convirtió en un ser medio de acá y medio de allá. He vivido en San Carlos sin identidad definida, sin orgullo de ninguna patria ni derecho a criticar por no ofender a alguna de las dos partes de mi sangre.
Desde la perspectiva de mi pajarito de hojalata, los animales eran como minúsculas piezas de maqueta, inmóviles y los tejados de zinc parecían sacapuntas metálicos incrustados en capas de musgo.
- ¿Te vas para no volver?
Aparté la mirada de la ventana y vi a mi derecha a un chico rubio de ojos muy claros con aspecto inglés.
- Probablemente- contesté

Durante el resto del trayecto conversé con Gilles Dawson, un aristócrata rebelde educado a caballo entre Londres y Lisboa. Vivía desde hacía 7 años en Chile trabajando en su propia fundación que velaba por la conservación de la cultura indígena, (no, si lo que no me pase a mí…).
Me pidió que le recomendara un lugar donde alojarse en Managua antes de tomar su vuelo a Santiago la madrugada siguiente.
Le dije que yo siempre me había quedado en casa de mi familia, pero que justo entonces iba a tener una reunión en un hotel frente al aeropuerto.
Aterrizamos a las 10.30 y tuvimos que tomar un taxi para atravesar los escasos 50 metros que nos separaban del hotel Las Mercedes. Habríamos muerto si hubiéramos intentado cruzar los 5 carriles de la Panamericana.
El avión de Txomin, mi sustituto para San Carlos y con quien debía reunirme allí, no pudo aterrizar la noche antes en Costa Rica y había tenido que dormir en Panamá. Me llamó y me dijo que llegaría en un par de horas.
- Te espero en la piscina- le dije.

Gilles fue a reservar su habitación y apareció unos minutos más tarde con un camarero que traía dos deliciosos desayunos continentales.
Charlamos sobre su pasado y sobre mi futuro. Yo le hablé de Vanuatu.

A mediodía apareció Txomin, el compañero de GH a quien yo aun no conocía. Sobre él tenía la misma idea que tengo de todos lo auditores: personas serias que trabajan con números.
Txomin apareció en bermudas y con una gran sonrisa, se quitó las gafas de sol y salto a la piscina para nadar conmigo. Lo siguiente fue pedir una botella de Ron Flor de Caña. Gilles dijo que se marchaba para dejarnos trabajar pero le convencimos para que se quedara con nosotros. Mientras hablábamos de trabajo él se mantenía al margen, leyendo “The Conquest of the Incas”; cuando dejábamos el tema GH de lado, se unía a nuestra conversación con opiniones brillantes.
Otra botella de ron.
Saltábamos de la cooperación a la literatura, a las relaciones, a los viajes… Las horas pasaban y allí estábamos los tres como turistas, tomando el sol, bebiendo y charlando.
A las tres nos dimos cuenta de que no habíamos comido y pedimos cosas ricas (el hotel es de cinco estrellas) y nos sirvieron en la misma terraza de la piscina.
Otra de ron, venga.
A las seis el sol se puso y allí continuamos, en bañador ellos y bikini yo, bebiendo más y más ron y hablando de lo divino y lo humano.
A las ocho y media y sin verme con fuerzas para terminar la cuarta botella, pensé que debía vestirme e ir a casa de mi familia que debía estar sintiendo lástima por mí y mi eterna reunión.

Estaba calcinada, fascinada por haber conocido a Gilles y feliz por pasarle el relevo a Txomin, que me pareció un hombre inteligente, divertido y mucho más capaz que yo de solucionar los problemas que se habían presentado en Río San Juan.
- La cuenta por favor- dijo Txomin
- El caballero inglés pagó ya todo- contestó el camarero

Les dejé a los dos en su hotel, encantados de haberse conocido.
Gilles me prometió que seguiríamos en contacto y Txomin y yo nos despedimos con un:
- Nos vemos en Malawi.
22/09/07

viernes, 21 de septiembre de 2007

DESDE EL CORAZÓN, DE AMÉRICA. Su proyecto, gracias


4.30, suena el despertador, pongo los pies en el suelo y fiusssssssssssssssss, una rata se me escurre entre los tobillos. He sentido un escalofrío y toda mi piel se ha estremecido en una oleada de los dedos de los pies hasta la cabeza, como esos estúpidos records Guiness de piezas de dominó cayendo en cadena.
He salido corriendo hacia la oficina y cuando he llegado allá, compitiendo con un aguacero descarriado, un compañero me ha preguntado:
- ¿Y ay?
- ¿Qué?
- Su computadora
- ¿Qué computadora?
La que me había dejado en casa retrasada del carajo!

Estoy tan cansada que no sé en ni dónde estoy, tengo que apuntarme todo en papelitos, incluso las cosas más importantes, porque todo se me olvida. A veces en mi despacho, mientras redacto un informe grito hacia el resto de la oficina: QUÉ DÍA ES HOOOOOOOOOOOOOOOOOOOY?, porque no consigo situarme. También debo esforzarme para saber si ya he comido o no, y así con todo.
Después de las 7 horas de trabajo de antes de mediodía me he ido a casa y me he acostado desnuda, con la respiración desbaratada por el calor insoportable y mi cuerpo cubierto de millones de pequeñas gotitas. Las sábanas empapadas, imposible descansar. Sólo quería que llegaran las dos de la tarde para que volviera la electricidad, regresar a la oficina y conectar el aire acondicionado.
Y llegaron, y trabajé cuatro horas más y envié por fin a España todas las fichas de los proyectos.
He salido de la oficina diciendo “hasta luego”. Pero no voy a volver nunca. Terminé aquí. Odio las despedidas, hace tiempo que me hablaban de la fiesta que harán el día que me vaya. Mañana me voy a Managua, sin decir adiós a mis compañeros.
Sólo el pensar en un abrazo suyo me hace morderme los labios para no llorar.

He dejado las cosas en casa y he ido a dar un paseo, el último por San Carlos. Me he acercado a la casa de los médicos para despedirme de Escalante y regalarle unos cd con recopilaciones con lo que pensé que podría gustarle más. “Ven a visitarme algún día”, le dije. El asintió sabiendo los dos que eso era casi imposible.
Y volví a casa a pasar la última velada con mis cenicientas.
Ya era de noche, ya sólo se veían por la calle los borrachos oscuros que aparecen siempre a estas horas, como los muertos vivientes de una película de terror. Son el lado de la decepción de Río San Juan, son los que se hicieron un día demasiadas preguntas y a quienes no les gustaron las respuestas. Cuando me dicen obscenidades al verme, saben que jamás recibirán una respuesta positiva, lo hacen sólo para que me sienta mal, para quitarme la alegría; lo hacen porque no soportan que yo aún esté del lado de la esperanza y quieren arrastrarme al suyo, siniestro y hostil.
Pero yo sigo caminando, bajo la lluvia fina, acompañada por mi fiel guardaespaldas desorejado.
Y no pierdo la sonrisa.
21/09/07