Diez lunes en los que soy el blanco de muchas burlas y, al final, un “pero, ¿por qué eres tú del Osasuna?
Lo explicaré.
Me crié entre dos familias, la mía y la de los Lasterra.
Navarros hasta donde la memoria alcanza.
Ellos me enseñaron mucho de vino, de comida, de carácter y de lealtad.
Con ellos conocí su tierra, a su gente y su forma de ver la vida, e hice amigos que después de décadas siguen ahí.
Con su hijo aprendí a caminar de la mano de otro.
Y empecé a ver partidos de fútbol.
Aprendí que un puñal puede significar lo contrario a una herida y que nuestros antípodas pueden sucumbir ante el poder de los pimientos.
Dos partidos por liga en Barcelona, algunos más en el Sadar. Pocas alegrías, pero grandes momentos rodeada de buena gente, como ayer con Azpi y Bea, bajo la lluvia comiendo pipas y viendo que otro partido se nos iba sin puntos.
Les debo tanto a estos navarros que hace ya años decidí que, como mínimo, tenía que estar a su lado en los malos momentos.
Si hubiera querido escoger el camino fácil hace ya tiempo que me habría puesto tetas.


